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na noche de verano de 1999 quedaron a cargo de mí (58 años)y de mi esposo nuestros nietos.
Había mucha tormenta y se cortó la luz de nuestra ciudad justo cuando habíamos parado en un restaurante a encargar comida para llevar.
La ciudad estaba totalmente a oscuras, un apagón general. Sólo los automóviles iluminaban un poco la calle.
Bajé de nuestro vehículo a encargar lo que llevaríamos y en la gran oscuridad tanteé el escalón donde suponía que era el acceso al local.
Me parecía demasiado alto, pero de todos modos subí. Me fue muy dificultoso subir la segunda pierna al escalón, pero me ayudé con las manos apoyadas.
Completé la subida y al arribar me encuentro con una chica que servía las mesas que me miraba azorada.
¡Era lógico! Había entrado por el ventanal que estaba abierto, no por la puerta de acceso.
Le dije: ¡Me parece que entré mal...!
Ella respondió: Sí señora, la entrada es más hacia la derecha, éste es un ventanal.
Me puse a reír, pero la chica por respeto no se reía. ¡Quién sabe qué pensó de mí! ( “¡Una abuela entrando por la ventana!”)
Era tal la oscuridad que había velas en las mesas pero tampoco iluminaban demasiado.
Cada vez que cuento esta anécdota, a todos les causa mucha gracia.
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