domingo, 29 de noviembre de 2009

46 años!
Primavera del 54. Tarde del 26 de septiembre. Nos prometimos amor en el cumpleaños de un amigo y al compás del bailar romántico del vals “La vida color de rosa”.
Parecía cosa de niños..., pero para nosotros un mundo de amor adolescente. Comenzaba y con seriedad, a pesar de nuestra corta edad.
Cursábamos segundo año Normal y desde entonces fuimos inseparables.
Nuestros compañeros siguieron nuestro incipiente romance e intuían que iríarnos hasta el altar.
Por tal motivo cuando terminó el último ciclo lectivo, ya casi maestros, nos “casaron” por el aguante que habían soportado siendo testigos del idilio estudiantil.
Corría el año 57 y al haber culminado nuestro secundario, ya con el título de maestros comenzábamos una vida más comprometida y más adulta.
Yo empecé a ejercer la docencia, mientras él estudiaba en la ciudad de La Plata.
Iban y venían papeles en sobres, cartas que mantenían nuestro amor a la distancia, compartiendo sueños e ilusiones, amor que al contrario de desgastarse, se acentuaba.
Nos veíamos una vez cada mes o mes y medio, según llegara alguna fecha patria u otro feriado en que Jorge volvía hacia Balcarce.
Triste era el momento de separarnos después de unos días de encuentro...
Llegó el 60 en que debió cumplir con la Patria. Afortunadamente la distancia se acortó, estuvo en Mar del Plata. De ese modo cuando tenía franco nos veíamos los fines de semana.
En los años subsiguientes se radicó nuevamente en nuestra ciudad, aunque el trabajo de ambos y la época que vivíamos hacía que nos viéramos muy poco.
En ese entonces los noviazgos eran restringidos a una o dos veces por semana, aunque algunas escapadas de encuentros hacían latir más rápido nuestro corazón.
Primero, amor de zaguán. Más adelante, confianza familiar. Entraba en la casa “el novio de la nena”, que antes la visitaba como un compañero de escuela.
A los nueve días del primer mes del 65 se concretó nuestro gran amor en lo civil y ante el altar.
Inexplicable la felicidad que nos embargaba, se hacía pleno el amor nacido en el Normal.
Comenzamos la vida unidos en nuestro nuevo hogar para formar una familia.
Se concretaban nuestros anhelos.
Durante un año y medio éramos “los dos”.
El 67 colmó nuestra felicidad con la llegada de Rosana, obra de nuestro amor, quien nos llenó de gracias y alegrias tanto a nosotros como a los cuatro abuelos.
Día a día nuevos descubrimientos, un crecer hasta comenzar el jardincito.
Nuestro orgullo: la nena.
La venida del segundo se hizo esperar.
Casi al egresar Rosana del Jardincito, nació Gustavo.
Otra vez a vivir las emociones que se comparten con la llegada de una nueva vida.
Inquieto y travieso exigía tiempo de nosotros, de los abuelos y de su hermanita.
Nos completó la satisfacción de ser nuevamente papis, en esta oportunidad del hijo varón para continuar el apellido..., como se decía entonces.
Con Jorge y la nueva familia formada fuimos extremadamente felices.
Compartian nuestra dicha nuestros padres que siempre estaban cerca de nuestros corazones.
Paralelamente a la crianza familiar cumplíamos con la Iglesia realizando retiros y dando charlas cristianas. Así educamos a nuestros hijos en la fe.
El matrimonio se fortalecía, crecíamos en el amor de pareja y en el de padres.
Dios estuvo siempre a nuestro lado.
Para ese tiempo ya nuestras amistades eran otras, nacidas del compartir nuestra creencia religiosa, aunque los primeros amigos de la vieja Escuela Normal no fueron olvidados; nos reuníamos cada diciembre para auguramos un nuevo feliz año.
Transcurrió el tiempo... Crecieron los pichones... Estudiaron con ahinco, terminaron sus carreras; nos sentíamos realizados en la vida.
Posteriormente comenzó a gestarse una nueva historia.
Rosana encontró a Luis, la persona a quien amar, y formaron su propio hogar.
Llegaron los dos solcitos: Iván y Gerónimo, que nos hicieron gozar aún más de la vida al darnos el orgulloso título de abuelos.
Después, Gustavo descubrió su amor por Ana y se casaron en el 99.
Al comenzar el nuevo siglo, como un regalo, nos llegó Magdalena, otro sol luminoso para alumbrar nuestro destino de amor.
Jorge se sintió pleno con la llegada de otra nena en su vida.
A la par de estos sucesos nuestro amor alimentaba las distintas emociones que llegaron a hacer de los dos, uno.
En el año 2001 cumplimos 36 años de casados, una unión integra, hermosamente llevada.
El Señor estuvo siempre a nuestro lado regalándonos de continuo mucha vida y alegria; más y más...
Hoy, con mis sesenta años ya no lo tengo a mi lado, pero lo presiento como entonces, recordando nuestros sueños compartidos... su hombría de bien... su caballerosidad... sus sugerencias oportunas de padre generoso ..., sus mimos hacia mí: su “cielo”, como cariñosamente me decía.
Siempre protegiéndome y amándome como yo a él lo vivo en mí como antes, dando gracias a Dios por estos años que me dio de tanta dicha; que hizo realidad mis ilusiones de noviecita adolescente, y acepto su partida con esperanza porque el: “hasta que la muerte nos separe” no nos ha separado.

Elba
20/08/2001

1 comentario:

Unknown dijo...

Me gustó mucho tu blog. Un canto al amor. Cariños. Marilyn